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Me considero una persona normal a la que le gusta expresar sus sensaciones, sus sentimientos de una forma escrita, más o menos acertada y compartir dichas sensaciones con otras personas, probablemente bastante parecidas a mí.

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No hay alambradas para La Primavera.

Es una lástima no poder seguir caminando, habíamos llegado hasta aquí con la intención de ver el pueblo desde el punto más  alto, pero siempre ocurría lo mismo: alambradas.

 

Recuerdo… cuando fui niño… los paseos por el campo: Salías de casa, caminabas “hacia afuera” un par de cientos de metros y enseguida estabas rodeado de cardos borriqueros, floripondios amarillos, malvas, morados y sobre todo amapolas, amapolas y espigas, muchas espigas.

El campo parecía eterno, desde la Carretera hacia la Via del Tren y la charca de las Ranas, desde la Muralla del Cuartel hasta el Colegio Nuevo, en el mismo borde del Barrio, verde, siempre verde, incluso en invierno, aunque a veces ribeteado por montículos de cascotes y escombros, que nadie sabe cuando ni en que hora depositaban oscuras figuras en la impunidad de la noche. Jugábamos a arrancarlas, las espigas, claro,  y tras ensalivar un poquillo la punta para que cogiera mas fuerza las lanzábamos cuales dardos o flechas, que se clavaban en los puntos de aquellos jerseys de lana de colores, jerseys siempre hechos a mano por alguna tía o abuela, regalados por su cumpleaños o quizás en los reyes de algún invierno pobre en recursos.

Los cabellos largos y lacios, ondeando al viento de la primavera, en carrera alocada los latidos de la pubertad, su pelo sedoso, destino privilegiado para reposar aquellas espigas, pretexto maravilloso y premeditado para ser acariciados por aquellas mis manos, ávidas de cariño, latentes mis primeros años de niño intentando jugar a ser hombre. Niño que despierta al amor, por vez primera.

 

Aquellos atardeceres de invierno, sentados juntos, acurrucados sobre el suelo, por detrás de Los Soportales, compartiendo un cigarrillo a escondidas, con la mirada clavada en aquellos ojos de color miel, la mano sujetando cálida su mano, paseando, roto el tiempo, por Los Pinos, cerca de la Casa de Abuela, con aquel penetrante olor a pinocha mojada, embriagador siempre al mezclarse con el olor de su blusa, prendados del momento, felizmente idiotizados, se nos echaba encima la noche, mientras dibujábamos mas que grabamos nuestros primeros corazones en aquel tosco muro de yeso y piedra.

 

Las mañanas de novillos, con alguna falta justificada, con la firma siempre falsificada, escondiéndonos por detrás del Mercado, La Libertad, su nombre, mi nombre, coloreados en su carpeta, en su block, en una doblez de los cuadros de su falda….es tarde, mi madre me va a matar…vámonos corriendo, que no te vean, hasta mañana en la puerta del Aula, porque vendrás, dime que vendrás.

 

 

Subo por la Cuesta tras ellos, casi 40 años pasados, sé que no es el mismo lugar, pero no importa, los miro con infinito cariño, son mis hijos, despertando a la Vida, la Historia se repite, la misma Sangre pero en diferentes Venas. Estamos casi arriba, Camino de San Martín, prisionera senda encorsetada de alambre, no hay opción para la Libertad de aquel camino prisionero, siempre La Alambrada, que nos impide llegar. Todo ha cambiado, nada llega a ningún lugar excepto El Viento.

Miro a mis Hijos, dos niños intentando jugar a ser Hombres, demostrando a su padre su coraje y fortaleza en aquella cuesta que me revienta y jadea. Sólo hay escombros, montones de gris escombro en aquél camino de cautiva vereda, seguimos caminando con la esperanza ciega de alcanzar una mancha de pino, de color bello y verde, naufraga isla entre tanta naturaleza muerta.

 

Suena un móvil…..baja la voz….da unos pasos y se aleja, el otro, cómplice, se aparta y con repentino interés una charla cualquiera me plantea. Sonrío, ahora yo soy aquel mi Padre y ellos Yo niño cuando empecé a ser mayor a mi manera. ¡Tanto tiempo ha pasado!

 

Se corta el móvil, de nuevo otra vez suena, camina, errante los pasos, levanta las alas y vuela, vuela feliz a ras de suelo, arrastrando errática la puntera, zapatilla maquillada de polvo de aquel camino, de polvo de un camino cualquiera. Cruzo mi mirada con la suya puedo reconocer en sus ojos aquel brillo primero de aquella primavera, Luz cargada de Ilusión, podría ser Amor, Cariño o simplemente mi Primera Primavera, sé que es Ella, la que  llama junto a Su Puerta, se me llenan los ojos de lágrimas, mezclando mi Ayer y su Hoy de la misma manera……

Pero ¿dónde están las amapolas? para que guardarlas en el libro pueda, sus hojas rojas sobre papel blanco, en sus primeros días de Becker, Larra, Espronceda….

 

Retornamos nuestros pasos, el Pueblo Ciudad sobre el Valle sestea, horizontes de tejados, interminables de casas, su pulso acelera. Calla el teléfono, inspira recio el aire, ¡con qué poquito se gana la Felicidad! Mientras el ritmo acelera.

 

Me marcho, nos despedimos, el pequeño de los dos me invita, me lleva, iremos mas tarde a buscar a mamá, mientras La Libertad vuela hacia La Biblioteca.

 

De improviso todas las alambradas se disuelven, como ilusión quimera. Se atusa el pelo, se coloca la camiseta, se limpia las zapas del polvo del camino, me mira reflejado en la sombra de mis gafas, sonríe y con un hasta luego me regala dos besos y vuela, Vuela.

 

Sonrio yo también, recordando mis Soportales, la espalda de la Plaza Nueva, los paseos por la Muralla del Cuartel, el olor de las acacias, de las rosas, robadas de aquel parque, de la lluvia de agosto que empapaba la tierra, el perfume de la espiga mojada, tantas cosas que ahora regresan…. Todo ha cambiado y tanto…….pero no hay alambrada que con esto pueda.

 

Oye, que…..no te entretengas mucho, a las ocho en la esquina de La Escuela.

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A
Me emociona, una vez más.
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