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Me considero una persona normal a la que le gusta expresar sus sensaciones, sus sentimientos de una forma escrita, más o menos acertada y compartir dichas sensaciones con otras personas, probablemente bastante parecidas a mí.

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La Huella Marcada.

30 de Junio de 2002

La verdad es que me estaba dando una pena terrible el tener que despertarle.

Estaba el chavalín dormido, como un Angelito que era, despanzurrado en su cama, con una carita que daba “grima” cortarle el rollo, levantarle como a un zombi para llevármelo de pesca, ¡jóerrr!, que eran las cinco y media de la mañana, tarde para mí pero un mundo distinto para él, totalmente aún de noche.

La tarde anterior, polémicas con Crac, mi esposa y compañera. Que si patatín, que si patatán, que era aún muy pequeño, que iba a ser una paliza de coche, que cuidado con las orillas, que se coma todos los sándwiches, que se embadurne de crema, que si la gorra, que si el sol, que si es muy pequeño (otra vez), blabla blín, blabla blán .... pero las ganas e ilusión de padre e hijo terminaron triunfando por goleada sobre el cariño y la preocupación de la Madre.  ¡Nos vamos en coche de papá a pes-cal a Navalcán!.

 

Fue despertarle y lo primero que buscó fue su gorra, “la que tenía un blás-blás” y hubo que arrancársela de las manos para darle un duchazo y que terminara de espabilarse. Luego, a continuación y tras bajar los bártulos y la mochililla con los dinosarios y los camiones-volquetes, empezó, por fín, la Jornada de Pesca: Padre e Hijo en búsqueda de emociones pesqueras..

 

Bueno ....  pues todo el camino hasta el pantano escuchando la cinta de los Payasos de la Tele y sin poder fumar en el coche. Un poco duro, es cierto, pero cuando por fín divisamos las aguas del embalse y nos metimos por el camino la sensación fue increíble. Ibamos cantando “campeones, campeones”, no se de qué, pero de verdad que lo éramos.

Unos metros mas de camino con el coche y comencé a preparar el chiringuito:  un toldo, piquetas con cuerdas, tensores, una sombrilla, una manta para el suelo, un par de sillas, la nevera (¿todo esto venía en el coche?) y una piscinilla de esas hinchables de “miki-maus” para que el chaval no tuviera tentaciones de meterse al agua entre las cañas.

Por fín y casi a las nueve y media de la mañana, pude lanzar las cañas. A continuación cebar y cebar y esperar, viendo como saltaban las carpas y como las garzas daban vueltas y mas vueltas por la recula.

 

Papá …¿y por qué saltan los peces?  ???? Papá, papá … y por qué las nubes salen de detrás de la montaña? ???? Papá, papá, … ¿y que comen los cigüeños y quien se los come? ...papá, ¿qué comen las milusas?  Medusas, eso, ¿qué comen las medusas, aquí hay medusas?, ¡por qué no hay medusas, papá? …. ¡qué comen los si-lu-los, por qué aquí no hay si-lu-los? ...tranquilo, que los habrá, tarde o temprano … papá, papá, ¿quién se come a los si-lu-los, por qué no se los comen? … ¿ por qué su carne sabe tan mal? … ¿y tu como lo sabes, es que has comido alguna vez si-lu-los? ….  Tlin-tlín-tilín … ¡vamos Angel, la caña … que te están picando! (buf, ¡menos mal!)

 

La primera picada fue para la caña larga, así que tuve que ayudarle sujetándola por encima de su cabecita, mientras él recogía línea. Sería una pieza pequeña pero al llegar a la orilla, se escapó.  Papá, ¿por qué se ha escapado, papá, es que no quería la cal-pa que la pescáramos?, papá ….. (Me dí cuenta a tiempo que había que decir algo, explicarle algo para que no considerara la pérdida como un fracaso… ¡Plínnnnn! (idea):

“Mira Angel, , la pesca tiene muchas cosas bonitas y entre ellas hay una:  es que una vez gana el pescador y otra gana el pez”, así siempre ganamos todos, ¿me comprendes?

Aaaah, claroooo ....  pol-eso se ha ido la cal-pa a decirles a sus amigas que aquí  hay engodo muy rico y que a lo  mejol   se lo comen todo y luego se escapan.  (Bieeeen, funcionó.)

 

 Pues estaban las tres cañas lanzadas a fondo, con cebador de engodo y maíz en el anzuelo, de cebo. Una de las cañas, de cinco metros era la que tenía todas las picadas, otra telescópica de tres y medio estaba lanzada para los barbitos, con anzuelo “mas canijo” y la tercera, la suya, una “Sespir” Pitufo, de metro y medio, estaba mas quieta que un palo.

Yo quería que picaran en su cañita y no hacía más que cebar su zona, pero ná-de-ná: todas las picadas iban “pa-la-larga” y el niño no podía con ella cuando me apartaba para tirarle alguna foto sacando las piezas. A media jornada habíamos clavado y sacado catorce carpitas, las cuales antes de ser soltadas debían pasar antes por comisaría, digo por la piscinilla del “miki-maus” para que hablaran un poquito con los dinosaurios , aunque fuera brevemente, antes de regresar al agua.

La carita que ponía el crío al devolverlas (cuidadosamente) al agua, no la olvidaré nunca. 

Hay que acariciarle la barriguita pa-que sepan que somos sus amigas, ¿verdad, papá?

Sí, hijo, sí … y entre sándwich y sándwich, entre cascabelito y cascabelito fuimos disfrutando de la mañana.

 

No se como lo hice, pero a eso de las tres, conseguí que se echara un sueñecito sobre la manta, bajo el toldo. Me senté en una sillita de esas de tijera, me abrí una botella de alemana fresquita, me encendí un purito Reig de esos de “campeones” y me sentí el hombre más feliz del mundo, contemplando la orilla (increíblemente vacía de gente) y compartiendo miradas entre los puntales de las cañas (ya sin cascabeles) y la carita de felicidad de mi chavalín dormido.

Me dio absolutamente igual que no entraran las carpas. Ahhhhhhh, qué rica la cervecita, creo que me abriré otra.

 

Sonaban las chicharras, cantaba, a lo lejos un cuco y de vez en cuando la brisa traía hasta mis oídos rumores de cencerros de alguna manada de cabras, allá a lo lejos.  Sonaba el viento, suave, sobre pequeñas olas que acariciaban la orilla, la paz total a mi alrededor … ¿qué mas? … ¡si existía dios, el dios de los pobres, tenía que ser algo parecido a aquello!  … Sólo saqué una carpa (en la caña larga, claro), mas era pequeña. Entonces se me ocurrió una idea: Sigilosamente saqué la caña del niño, vacía de cebo “ y de ná-de-ná” y le coloqué aquella pequeña carpa, enganchada, para que el crío por fin la estrenara, cuando se despertara. La lancé cerquita, sin hacer ruido y esperé.

 

“Ángel, ángel,  tu caña … te están picando” … ( media hora después). Echó a correr hacia ella “¡por fín, por fín ha picado en mi caña, papá … en mi caña!”.

Comenzó a recoger (qué raro … parece que no tira, la caña apenas se dobla…), cuando al acercar el aparejo a la orilla:  ??????????? …  ¡Un pez gato?

No me pregunteis nada porque aún hoy no lo entiendo, solamente llevaba un anzuelo el aparejo y aún no lo puedo comprender,¡antes había una carpa y ahora ....un feorro y barrigudo pez gato? ...pero, bueno:  … ¡Un pez gato!

Pudo ser arte de magia,(“cuchifús de cuchifás … en pez gato te convertirás”) o que la carpa se desclavara para después … yo que sé, el caso es que la jornada estuvo plagada de momentos mágicos, sensaciones que en toda mi vida de pescador de caña no había tenido nunca antes. Momentos para recordar y comprender  aquellas otras sensaciones que treinta y tantos años antes sentiría mi padre, cuando yo era aquel niño, que ahora estaba a mi lado. Y aquél hombre tán querido y admirado ahora era yo.

 

Allí estaba yo, continuando, intentando dejar mi Huella sobre el sentir de mi chaval, como años antes lo hiciera Otro sobre mí.

Recordé aquella frase “de no se-qué” poeta en mi interior, que decía:

 

La muerte no es absoluta.

Cuando te vas, no te vas del todo,

Siempre quedará  tu Huella, perdurando en el Tiempo.

Nunca moriremos del todo.

La Huella perdura,

En tus Hijos y en los Hijos de tus Hijos.

 

 

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